octubre 3, 2022 2:30 pm

Cuándo se sospecha de una persona sólo por su apariencia visible

De ninguna manera nos explicaron por qué nos pararon a nosotros, y no a otros. Era el aspecto, claro. Algunos tez oscura, gorrita, determinadas vestimentas, modo de andar que delataban su procedencia barrial. Ese parece ser el criterio de persecución y control policial y penal. Es difícil de imaginar a un señor de traje, clase media, llevando un portafolios siendo detenido para averiguar los motivos de su “estar en el mundo”.

Se construye al “sospechoso” por su apariencia visible. Esa construcción es ideológica. El pobre es sospechoso. Es un criterio racista, discriminatorio.

Es imposible encontrar, en las cárceles atestadas de nuestra América del Sur, delincuentes de “cuello blanco”, o simplemente de clase media. Allí se hacinan excluidos, marginados. Es un depósito de pobres… Es el mismo criterio que utilizan comerciantes, boliches, etc. cuando se reservan el” derecho de admisión” en los espacios públicos.

Esta experiencia podría ser la anécdota del recuerdo de un momento amargo sino abundara su frecuencia, no digo ya en algunas ciudades de nuestro país, sino, incluso, como efecto de una estructura represiva en todo Latinoamérica. Además porque suele tener consecuencias mucho más graves como por ejemplo, el llamado  “gatillo fácil”, eufemismo del asesinato perpetrado por fuerzas policiales, casi siempre con características discriminatorias.

Esta semana fue noticia el brutal homicidio perpetrado a un joven de 17 años, Lucas González por tres policías metropolitanos. Actuaron prejuiciosamente asesinando a Lucas. Violando como si fuera poco todos las reglas y protocolos: actuar de civil sin autorización judicial, no identificarse y dar la voz de alto, solo usar armas de fuego cuando otras medidas no hubieran tenido éxito, todo eso suponiendo que las personas perseguidas hubieran cometido un delito. Para que nadie dude de que se trate de una cuestión estructural, para nada azarosa ni inocente, los medios de desinformación manejados por el Poder, distorsionaron hasta lo último los hechos, diciendo que fue un enfrentamiento en medio de un tiroteo de la policía con delincuentes. Estas dos mentiras, moneda corriente durante la Dictadura genocida, expresan no solo la simulación de los asesinatos perpetrados por la policía como producto de un “enfrentamiento”, tanto como la perversa idea, parida en esas espantosas épocas, en las que se “justificaba” la muerte y el exterminio de las “víctimas” en alguna culpa. Aparece la horrenda idea de la “víctima culpable y la inocente”. La fórmula siniestra era “algo habrán hecho”.

HECHOS Y DISCURSOS

Claro que no es un hecho aislado. El “gatillo fácil” tiene toda una historia en nuestro país y muchísimas víctimas. Algunas emblemáticas como Luciano Arruga, Pocho Leptratti,  Rafael Nahuel, Santiago Maldonado. Es el producto de una política represiva, de criminalización de la pobreza y del conflicto social. El fascismo político y mediático promueve hechos y discursos que intentan justificar esta ideología de la “mano dura”.

Patricia Bulrich y su gobierno en el caso Chocobar han fogoneado al extremo el gatillo fácil, con nefastas consecuencias. Han intentado banalizar un crimen tan grave como el de Santiago Maldonado. El Ministro de seguridad de la Provincia de Buenos Aires, también ha criminalizado la pobreza y las demandas de vivienda y trabajo digno de las poblaciones pobres, arrasando con topadoras, regocijado como un Rambo de las pampas, los campamentos miserables  en los que se instala la protesta por casas, campamentos minados de pibes en patas mirando aterrados el espectáculo del abuso y la violencia policial-judicial. José Espert se pasea por los medios de incomunicación gritando a voz en cuello que “hay que meter bala” a los delincuentes, para que tengan miedo. Propone además la disminución de la edad de imputabilidad a los 12 años.

Javier MI Ley comprendió, aun en su ardorosa psiquis, que ni siquiera los fascistas que lo acompañan en la reivindicación de la Dictadura cívico militar, podían tener por concebible que un custodio enfervorizado sacara un arma contra sus propios seguidores. Pero claro que estos hechos ilícitos y violentos son el producto directo de su discurso de odio y aniquilación del “otro”. Tanto que, repuesto ya del episodio, agitó como Bulrich, su apoyo a la tenencia indiscriminada de armas de fuego. Según él, en los países que aplican esta política el índice delictivo baja. Esta mentira se desnuda sola cuando vemos los efectos en los Estados Unidos, país paradigmático al respecto. Allí reina la ley de la selva. Allí los delitos violentos se multiplican exponencialmente. Allí las cárceles están también pobladas de negros y latinos. Allí también el ensañamiento racial de la policía llega a límites tan insoportables como el asesinato reciente de Floyd. Allí cada tanto, una persona descarga al azar su arma de fuego asesinando a decenas de transeúntes o alumnos de un colegio.

Más allá que Donald Trampa haya atribuido estos episodios a perturbaciones de salud mental de sus perpetradores, reduciendo el problema y estigmatizando de paso a las personas con padecimientos.

Estos episodios son consecuencias transparentes, de una sociedad violenta que alienta el individualismo y la insolidaridad al extremo, la ruptura de los lazos comunitarios, llamando al egoísmo (como acá),” libertad”. Un imperio que necesita, por su propia lógica, construir vínculos de odio y paranoides, donde el otro constituya un potencial enemigo, un contrincante, una amenaza a eliminar. La promoción indiscriminada del uso de armas es solo la consecuencia y el método para concretar este” ideario” fascista.

En nuestro país también, hace poco, se volvió a vincular la violencia y la represión con la salud mental. En el caso “Chano” Charpentier se intentó reforzar el falso mito que asocia la “locura” con la peligrosidad, para embarcarse, estos referentes de la derecha excitados, en el reclamo de las pistolas Taser para reprimir a personas que solo necesitan asistencia psicológica.

Nuevamente la construcción del enemigo, o del “diferente” como enemigo, como excusa de políticas represivas y de aniquilación del “otro”. Se dibuja el rostro, el estereotipo del “enemigo”, como dice Umberto Eco, para “justificar” su persecución, represión y muerte. El “pobre” siempre sospechoso del delito, el “loco peligroso”, el “negro”, el “indio”, el “mapuche”, etc. etc. y los medios de desinformación y distorsión, masivos y potentes penetran en conciencias acríticas, que llenas de frustraciones y necesidades de chivos expiatorias para aliviarlas, repiten y reproducen irreflexivamente estas “ideas”.

Estos discursos, muy sintetizados aquí, promueven el odio, la violencia, el individualismo, el racismo, la aniquilación de las diferencias que son demonizadas. Y explican los casos de “gatillo fácil” como consecuencias lógicas de la aplicación de las “fuerzas del Orden”, de un Orden sostenido por la desigualdad, la injusticia y la concentración de la riqueza en pocas manos,  que expulsa a la miseria a miles de nuestros hermanos, que son el “blanco” al que apuntan esas balas, destrozando vidas,  familias y produciendo un dolor inconmensurable en buena parte de nuestra comunidad.

Sostenemos, junto a Fernando Ulloa, la necesidad de construir otra sociedad, basada en la solidaridad y la ternura. Es necesario decirlo, en estos tiempos feroces, como lo ha hecho el maestro: “Hablar de ternura en estos tiempos de ferocidades no es ninguna ingenuidad. Es un concepto profundamente político. Es poner el acento en la necesidad de resistir la barbarización de los lazos sociales que atraviesa nuestros mundos”.

La resistencia a este mundo feroz, toma la forma hoy del repudio a estas formas de la aniquilación del “otro” a través del abuso de la violencia y en promover la imperiosa necesidad de construir una sociedad basada en la empatía, la ternura y la solidaridad.

CCB

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